Cuando el cuerpo nunca está donde vive

Persona sola frente a una ventana urbana, entre una ciudad cálida de verano y una atmósfera fría de invierno

Anhelar el frío en verano y el verano en invierno

Hay días en que el calor no entra por la ventana: entra por la cabeza.

No hablo de ese calor amable de postal, de cerveza sudada en una terraza, de piel brillando como si la vida fuera una canción de fondo. Hablo del otro calor. El que se pega a las paredes del apartamento como una deuda vieja. El que convierte la ciudad en una olla cerrada. El que te despierta a las tres de la mañana con la sábana pegada al pecho y una rabia absurda contra todo: contra el ventilador, contra el vecino, contra el cuerpo, contra la vida que insiste en seguir aunque uno no tenga energía ni para existir con elegancia.

Cada verano me pasa lo mismo: lo espero como quien espera una absolución. Me digo que ahora sí. Que ahora voy a caminar más. Que voy a salir. Que voy a recuperar esa versión mía que supuestamente se perdió en los meses fríos. Me imagino con ropa ligera, con la mente despejada, con ganas de hacer planes, con esa falsa promesa de que el sol arregla lo que uno no ha tenido el valor de mirar de frente.

Y entonces llega.

El verano me prometió libertad, pero me trajo encierro

Llega con su luz exagerada, con sus tardes largas, con su obligación social de estar bien. Porque el verano tiene eso: parece prohibido deprimirse cuando hay sol. Parece de mal gusto decir que uno está cansado mientras la ciudad se llena de cuerpos en movimiento, de música en carros, de gente subiendo historias como si todos hubieran recibido instrucciones secretas para disfrutar. El verano te exige entusiasmo. Te pide piel. Te pide calle. Te pide una alegría casi administrativa.

Pero yo, en algún punto de julio, empiezo a desear el frío con una nostalgia ridícula. Lo deseo como si el frío fuera una persona que me entiende. Como si el invierno pudiera ponerle una mano helada a mi ansiedad y decirle: baja la voz. Como si una chaqueta pesada pudiera ordenar lo que por dentro se me desparrama.

Ahí empieza la trampa: anhelar el frío en verano no porque el frío sea mejor, sino porque el presente se volvió insoportable.

Me he dado cuenta de que no deseo estaciones, deseo salidas. Deseo escapar del cuarto donde estoy parado. Deseo otra luz, otro aire, otro ánimo. Le pongo nombre climático a una fuga emocional. Digo “quiero invierno” cuando quizá lo que quiero decir es “quiero silencio”. Digo “no soporto este calor” cuando quizá quiero decir “no soporto esta versión de mí que el calor deja expuesta”.

Aprender a quedarse también puede ser una forma de libertad.

Porque el calor desnuda. No solo el cuerpo: también la irritación, la impaciencia, el cansancio, el mal humor, esa parte de uno que quisiera ser más noble pero termina odiando hasta el sonido de una moto pasando por la avenida. El calor me vuelve menos diplomático conmigo mismo. Me quita capas, y debajo de las capas no siempre hay frescura: a veces hay resentimiento.

No es casualidad que la salud mental también tenga estaciones. El Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos explica que algunas personas experimentan cambios significativos de ánimo cuando cambian las estaciones, incluyendo patrones de invierno y también de verano, aunque este último sea menos común. Puedes leer más en la guía del NIMH sobre el trastorno afectivo estacional. No lo digo para convertir cada incomodidad en diagnóstico, sino para recordar algo básico: el clima no solo toca la piel. También toca la memoria, el sueño, la paciencia, el deseo, la forma en que uno se habla cuando nadie escucha.

Y en verano yo me hablo mal.

Me digo flojo. Me digo exagerado. Me digo que otros aguantan más. Me digo que debería estar agradecido por la luz, por la vida, por el tiempo. Pero hay una violencia pequeña en obligarse a estar bien porque afuera hace buen día. Una violencia silenciosa en mirar el cielo azul y sentir que uno está fallando porque por dentro todo está nublado.

La ciudad tampoco ayuda. En verano, la ciudad huele más. Todo se intensifica. El sudor ajeno, la basura, el asfalto, el ruido, los cuerpos apurados, el aire acondicionado de los locales expulsando agua como si también estuvieran llorando. La ciudad se vuelve una criatura caliente y nerviosa. Uno camina entre vitrinas, pantallas, anuncios de felicidad, y siente que el mundo entero está diseñado para venderte una versión de bienestar que no te cabe.

Entonces fantaseo con el invierno.

Fantaseo con cerrar la ventana. Con ponerme una sudadera. Con tomar café sin sudar. Con caminar sin que el sol me persiga como cobrador. Fantaseo con una ciudad más lenta, más gris, más honesta. Pero esa fantasía es una estafa elegante. Porque yo ya conozco el invierno. Y sé lo que hago cuando llega.

En invierno extraño el ruido que juré odiar

Cuando llega el frío, al principio lo recibo con gratitud. Me gusta la primera noche en que puedo dormir tapado. Me gusta sacar la ropa gruesa, como si cada prenda trajera una identidad más seria. Me gusta la ilusión de orden que trae el frío: la gente parece caminar con propósito, las ventanas se cierran, la ciudad baja un poco el volumen.

Durante unos días creo que tenía razón. Que el problema era el calor. Que yo no estaba roto, solo derretido. Que ahora, con el aire frío entrando por la nariz, todo va a recuperar forma.

Pero después el invierno hace lo suyo.

La luz se acorta. Las tardes se vuelven una rendición. A las cinco ya parece tarde para empezar cualquier cosa. La cama gana autoridad. La calle pierde seducción. La ciudad se llena de gente envuelta en sí misma, mirando el piso, esperando transporte, sobreviviendo con las manos en los bolsillos. Todo se vuelve más caro emocionalmente: levantarse, bañarse, responder mensajes, salir a comprar algo, mantener una conversación sin parecer un mueble triste.

Y entonces, como si no tuviera vergüenza, empiezo a extrañar el verano.

Extraño el ruido que juré odiar. Extraño las piernas descubiertas, las terrazas, la luz larga, los cuerpos menos defensivos. Extraño la posibilidad de salir sin negociar con el clima. Extraño incluso la exageración del sol, esa grosería amarilla que en enero me parecía insoportable y en invierno se convierte en promesa.

Ahí entiendo que mi deseo no es climático: es existencial.

No quiero verano cuando estoy en invierno. Quiero la versión de mí que inventé cuando pensaba en verano. No quiero frío cuando estoy en verano. Quiero la versión de mí que imaginé bajo una manta, tranquilo, profundo, resuelto. Vivo deseando no la estación opuesta, sino el personaje opuesto.

Y ese personaje siempre parece mejor que yo.

El yo de verano cree que el yo de invierno es más introspectivo, más disciplinado, más sereno. El yo de invierno cree que el yo de verano es más libre, más sensual, más vivo. Ambos se mienten. Ambos editan la película. Ambos borran los días malos de la estación que desean. Porque la nostalgia es una mala periodista: solo publica lo que confirma su teoría.

Me he pasado años haciendo eso con mi vida. No solo con el clima. Con trabajos, relaciones, ciudades, amistades, versiones de mí mismo. Cuando estoy solo, extraño el vínculo. Cuando estoy acompañado, extraño el silencio. Cuando tengo estabilidad, extraño el riesgo. Cuando vivo en riesgo, fantaseo con una rutina limpia. Cuando algo termina, recuerdo sus mejores escenas. Cuando algo empieza, temo su futuro desgaste.

Ese vaivén tiene algo profundamente contemporáneo. Vivimos entrenados para sospechar del presente. Siempre hay otra temporada mejor, otro plan, otro cuerpo, otra ciudad, otro trabajo, otra vida posible al otro lado de una decisión. Las redes sociales no inventaron esa ansiedad, pero la volvieron paisaje. Uno abre el teléfono y encuentra miles de pruebas de que la vida correcta está ocurriendo en otra parte: en una playa, en una montaña, en una oficina minimalista, en una relación luminosa, en una mañana productiva, en una noche salvaje, en un apartamento donde nadie parece sudar, enfermarse, dudar ni mirar el techo a las 2:17 a.m.

La comparación ya no necesita enemigos. Tiene Wi-Fi.

Y así uno empieza a vivir como turista de su propia existencia. Nunca está completamente donde está. Si hace frío, desea calor. Si hace calor, desea frío. Si está aquí, imagina allá. Si tiene esto, sospecha que aquello era más auténtico. La mente se convierte en una agencia de viajes para la insatisfacción.

La Organización Mundial de la Salud ha señalado que el cambio climático afecta la salud de muchas formas, incluyendo impactos relacionados con calor, eventos extremos y bienestar general. Hay más contexto en su ficha sobre cambio climático y salud. Pero más allá del dato global, hay una experiencia íntima que no siempre sabemos nombrar: el clima se ha vuelto emocionalmente inestable porque nuestra vida también lo es. Ya no sentimos las estaciones como ciclos naturales, sino como amenazas, excusas o promesas incumplidas.

En invierno, la ciudad se vuelve espejo. Me muestra mi tendencia a desaparecer. A posponer llamadas. A contestar con monosílabos. A decir “estoy bien” con la misma convicción con que uno acepta términos y condiciones que nunca leyó. El frío no crea mi distancia, pero la vuelve cómoda. Le da coartada. “Hace frío”, digo, y con eso justifico quedarme adentro. Pero a veces no es frío. A veces es miedo. A veces es cansancio. A veces es una tristeza antigua que encontró una bufanda.

Hombre sentado junto a una ventana en un apartamento urbano durante una tarde fría y lluviosa, mirando la ciudad gris mientras sobre la mesa hay fotos impresas de verano, una libreta, una taza de café y una cámara.
No siempre extrañamos una estación: a veces extrañamos la versión de nosotros que imaginamos en ella.

La ciudad nos enseñó a no habitar nada

La ciudad tiene una manera brutal de educar el deseo.

Nos enseña que todo es tránsito. Que nada se queda. Que uno debe moverse, producir, responder, adaptarse, actualizarse. Hasta el descanso tiene que ser eficiente. Hasta la tristeza debe tener una estética. Hasta el caos interior necesita una frase publicable.

En ese ritmo, las estaciones dejan de ser estaciones y se vuelven estados de ánimo consumibles. El verano es libertad, piel, fiesta, viaje, exceso. El invierno es introspección, café, libros, nostalgia, profundidad. Nos venden climas como si fueran personalidades. Y uno, que anda buscando alguna forma de ser alguien, compra la idea.

Pero la vida real es menos fotogénica.

El verano también es ansiedad, insomnio, irritación, soledad con más luz. El invierno también es ternura, calma, posibilidad de recogerse sin pedir perdón. Ninguna estación nos salva. Ninguna estación nos arruina por completo. Somos nosotros quienes llegamos a cada una cargando una maleta emocional que no se ve en el pronóstico.

Yo he querido mudarme de estación como quien quiere mudarse de cuerpo.

He pensado: cuando llegue el frío, voy a escribir más. Cuando llegue el calor, voy a salir más. Cuando cambie el clima, cambio yo. Pero esa promesa es peligrosa porque delega la vida en algo que no controlamos. Es como decir: cuando el mundo se acomode, empezaré a vivir. Cuando la temperatura sea justa, cuando el ánimo sea perfecto, cuando el cuerpo no pese, cuando la ciudad no moleste, cuando la agenda afloje, cuando el pasado deje de ladrar.

Y pasan los meses.

Uno sigue esperando el clima ideal para tener una conversación pendiente, para ordenar la casa, para pedir perdón, para aceptar que algo murió, para empezar algo nuevo, para dejar de actuar como si la incomodidad fuera una interrupción y no parte central de estar vivo.

La verdad incómoda es esta: nunca llega la estación perfecta.

Siempre habrá algo. Demasiado calor. Demasiado frío. Demasiada luz. Demasiada sombra. Mucho ruido. Mucho silencio. Mucha gente. Nadie. Mucho deseo. Poco deseo. La mente siempre encontrará una razón para escapar si escapar se volvió costumbre.

Y yo me volví experto en escapar sin moverme.

Escapaba imaginando otro clima. Otra ciudad. Otra rutina. Otro yo. Podía pasar una tarde entera mirando por la ventana, no viendo la calle sino una versión alternativa de mi vida. En esa versión, yo era más limpio por dentro. Más decidido. Más valiente. No procrastinaba. No confundía cansancio con identidad. No necesitaba que el clima cambiara para sentir que algo en mí podía empezar.

Pero la fantasía tiene un precio: desprecia lo que toca.

Mientras imaginaba el frío, desperdiciaba el verano. Mientras imaginaba el verano, desperdiciaba el invierno. Mientras imaginaba una vida más habitable, dejaba sin habitar la única que tenía a mano. No de manera dramática. No con tragedia. Peor: con distracción. Con esa forma moderna de estar ausente mientras el cuerpo sigue cumpliendo funciones básicas.

Comía. Trabajaba. Contestaba mensajes. Pagaba cuentas. Sonreía cuando tocaba. Pero por dentro estaba en otra parte, siempre negociando con el presente como si el presente fuera un cuarto de hotel barato donde no vale la pena desempacar.

Hay una crueldad silenciosa en vivir así. Porque uno no se rompe de golpe. Se va separando. Un poco del cuerpo. Un poco de la casa. Un poco de los amigos. Un poco de las estaciones. Un poco de sí mismo. Hasta que un día no sabe si está triste por el clima, por la edad, por el amor, por el trabajo, por el algoritmo, por la ciudad, o simplemente porque lleva demasiado tiempo sin sentarse honestamente dentro de su propia vida.

La American Psychological Association ha trabajado el vínculo entre ambiente, clima y salud mental, especialmente en contextos de cambio climático y estrés psicológico. Su informe Mental Health and Our Changing Climate ayuda a entender que nuestras emociones no flotan en el vacío: también responden al entorno que habitamos, a la incertidumbre y a la sensación de pérdida de control.

Habitación urbana con cama desordenada, ventana abierta, luz cálida de tarde, libros, cámara, planta y notas pegadas en la pared con frases sobre anhelar el verano, el frío y aprender a habitar la vida presente.
Una habitación en silencio, una ventana abierta y la certeza de que a veces no queremos otra estación: queremos aprender a quedarnos.

Aprender a quedarse aunque cambie el clima

No voy a decir que aprendí a amar todas las estaciones. Eso sería mentira, y las columnas honestas deberían tener prohibido maquillarse demasiado.

Sigo odiando ciertos días de calor. Sigo sintiendo que algunas tardes de invierno me apagan por dentro. Sigo mirando el pronóstico como si ahí hubiera una pista sobre mi estabilidad emocional. Sigo siendo vulnerable a esa fantasía de que el clima opuesto trae una vida opuesta.

Pero algo cambió: empecé a desconfiar de mi deseo de huida.

Cuando en verano digo “necesito frío”, ahora trato de escuchar qué hay debajo. A veces hay agotamiento. A veces hay falta de sueño. A veces hay saturación social. A veces hay una necesidad simple de apagar pantallas, cerrar cortinas, tomar agua y dejar de exigirme felicidad solo porque hay sol. Cuando en invierno digo “necesito verano”, trato de mirar si lo que necesito es luz, movimiento, compañía, una caminata breve, una llamada, una comida decente, una razón mínima para salir de la cama sin convertirlo en épica.

He descubierto que muchas veces no anhelo una estación: anhelo una regulación.

Un cuerpo menos tenso. Una mente menos ruidosa. Un día menos tomado por la comparación. Una vida donde no tenga que estar siempre deseando otro escenario para soportar el actual.

Eso no significa romantizar la incomodidad. Hay casas calientes que enferman. Hay inviernos que deprimen. Hay ciudades mal diseñadas, trabajos que chupan la sangre, soledades que no se arreglan con actitud. No todo se resuelve con respiración profunda y una frase bonita. A veces hay que cambiar condiciones reales. Comprar un ventilador. Buscar ayuda. Salir a caminar. Pedir compañía. Ir al médico. Cambiar horarios. Decir no. Bajar expectativas. Aceptar que el cuerpo tiene límites y que la productividad no debería ser más sagrada que el sistema nervioso.

Pero también hay que hacer una pregunta más difícil: ¿cuánto de mi sufrimiento viene del clima y cuánto de mi pelea constante con estar aquí?


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Porque estar aquí cuesta.

Cuesta en verano, cuando el cuerpo se siente expuesto y la ciudad parece gritar. Cuesta en invierno, cuando la luz se va temprano y uno se queda a solas con pensamientos que en julio estaban tapados por ruido. Cuesta en cualquier estación si uno convirtió el deseo en una máquina de negar el presente.

A veces me imagino la vida como una ventana. En verano la abro buscando aire y entra calor. En invierno la cierro buscando refugio y entra silencio. Nunca entra exactamente lo que quiero. Quizá vivir sea aprender a sentarse cerca de esa ventana sin exigirle tanto. Mirar la calle. Reconocer el clima. Reconocer el cuerpo. No convertir cada incomodidad en una profecía.

Hay una madurez pequeña en dejar de prometerse vidas futuras por culpa de estaciones pasajeras.

No digo resignación. Digo presencia. Una presencia imperfecta, sudada, abrigada, contradictoria. Una presencia capaz de decir: hoy hace calor y aun así puedo estar conmigo. Hoy hace frío y aun así no tengo que desaparecer. Hoy quiero escapar y aun así puedo preguntarme de qué.

Porque tal vez ese sea el centro de todo: no el verano, no el invierno, sino esa parte de nosotros que siempre cree que la salvación está en otra temperatura.

La ciudad seguirá cambiando de piel. Vendrán días de asfalto hirviendo y noches donde el frío se mete por las rendijas. Vendrán luces largas, sombras tempranas, ropa pegada al cuerpo, manos heladas, terrazas llenas, habitaciones cerradas. Volveremos a quejarnos. Volveremos a desear lo contrario. Somos humanos: animales sofisticados para la insatisfacción.

Pero esta vez, cuando llegue el verano y empiece a anhelar el frío, intentaré no creerme del todo esa nostalgia. Y cuando llegue el invierno y empiece a anhelar el verano, intentaré no obedecer de inmediato esa fuga. Tal vez me siente un momento. Tal vez mire por la ventana. Tal vez acepte que no estoy esperando otra estación, sino una versión de mí que todavía no sé construir.

Y quizá, solo quizá, esa versión no llegue con el clima.

Quizá empiece cuando deje de usar el clima como excusa para no quedarme.

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