La trampa del equilibrio: crecer creyendo que todo debe calzar
Hay una mentira suave que nos inyectan desde niños, como si fuera vitamina. Una mentira bien envuelta en frases bonitas, en imágenes de éxito y en consejos llenos de amor, pero ciegos de realidad. Esa mentira es el mito de la estabilidad. Crecí —como tantos otros— creyendo que el objetivo de todo este maldito juego era encontrar algo “estable”: un trabajo estable, una pareja estable, una rutina estable, una salud estable. Estable, estable, estable. Como si la vida fuera un mueble que uno termina de armar y ya se puede sentar a contemplar.
Mis padres no eran ricos, pero eran funcionales. Casa limpia, comida a la hora, educación pagada como se podía, y muchas veces menos cariño del que necesitaba. Ellos veían en la estabilidad el premio máximo, la señal de que todo el esfuerzo no había sido en vano. Y eso me lo transmitieron sin filtro. Así que yo también me lancé al mundo a buscar eso que me dijeron que era el tesoro: un sueldo fijo, una persona que me amara todos los días igual, un cuerpo que no se rompiera, una mente que no tambaleara.
Pero la realidad se encargó de desmantelar cada una de esas promesas con una violencia que todavía me arde en la piel.

Tenía 28 años cuando me despidieron del primer trabajo serio que tuve. Una empresa “seria”, contrato “estable”, proyección de crecimiento, todo eso. Un día me llamaron a una oficina con olor a café recalentado y me dijeron que ya no encajaba. Sin drama, sin lágrimas, sin explicación. Simplemente ya no. Y ahí entendí la primera gran verdad que me abrió la cabeza como una granada: la estabilidad laboral es una ficción que se sostiene mientras sirvas al sistema. No hay lealtad, no hay familia, no hay futuro asegurado.
“Estás aquí mientras eres útil. Después, suerte.”
Ese día fui por una cerveza que terminó siendo una borrachera en solitario. Me vi en el espejo del baño de un bar barato y no me reconocí. No solo por la tristeza. Era otra cosa: era el despertar de una mentira internalizada. Y no sería la última vez.
Amor fijo, deseo volátil: el cuerpo y el corazón no firman contratos
Si la estabilidad laboral es un mito, la emocional es una puta ironía. Porque te hacen creer que amar a alguien es elegirlo todos los días, que el compromiso es suficiente para sostenerlo todo. Pero nadie te prepara para cuando el deseo se va, cuando el sexo se enfría, cuando las conversaciones se vuelven silencios con eco.

Estuve en una relación de seis años. Seis. Años. Una buena mujer, noble, inteligente, sensual, con una voz que me calmaba cuando el mundo me gritaba. Al principio fue todo fuego, claro. Fiestas, planes, caricias eternas. Pensé: “Esto es. Aquí es.” Me sentí afortunado. Encontré lo que todos buscan. Pero la rutina es una amante cruel, y el deseo es un gato salvaje: se va cuando lo encierras.
No fue una infidelidad lo que rompió todo. Fue el hastío. Fue mirar a esa persona hermosa y no sentir nada. Nada. Como si el alma se hubiera desconectado. Como si el amor hubiera cumplido su ciclo y no supiera cómo decírmelo sin romperme. Y cuando lo hablamos —porque éramos de hablar—, nos miramos a los ojos con ese dolor tranquilo del que sabe que no hay marcha atrás. Habíamos confundido estabilidad con eternidad.
“El amor no se extingue de un día para otro. Se evapora. Y deja sal.”
No estoy en contra del compromiso, ni del amor largo. Pero creer que una relación es estable por el simple hecho de durar es tan absurdo como pensar que una planta vive por estar en la misma maceta durante años. Todo necesita renovación. Todo necesita movimiento. Lo estático se pudre. Lo estancado, se ahoga.
El cuerpo como campo de batalla: en busca de una salud imposible
Otra promesa incumplida del sueño de la estabilidad: la estabilidad física. Nos venden la idea de que si comes bien, duermes ocho horas y te haces chequeos, todo va a ir bien. Spoiler: no es así. El cuerpo es una máquina caprichosa, y no siempre sigue el guion.
Me rompí la espalda a los 31. No fue algo heroico, no fue haciendo snowboard ni levantando pesas. Fue moviendo una caja llena de libros, en una mudanza cualquiera. Un sonido seco, un dolor inmediato, y un cambio de vida. Desde ese día, vivir sin dolor se volvió una excepción.
Me hice adicto a los antiinflamatorios, a los masajes, a los videos de fisioterapia en YouTube, a las rutinas de movilidad que prometen el milagro. Viví pensando en posturas, en colchones, en sillas ergonómicas. Me convertí en ese tipo que se queja del tiempo porque “la humedad me mata la lumbar”.

Pero más allá del cuerpo, lo jodido fue el golpe al ego. Porque la estabilidad física era mi último bastión. Si el cuerpo está bien, puedo con todo, me decía. Mentira. Una vértebra desplazada te puede hacer sentir más frágil que cualquier ataque de ansiedad. Y hablando de eso…
La salud mental. Otra joya rota. ¿Dónde estaba esa estabilidad emocional que tanto prometían los libros de autoayuda y los reels de gurús? ¿Dónde estaba esa paz interior de la que todos hablan y nadie encuentra? Me vi tomando clonazepam, haciendo mindfulness, escribiendo en un diario como un adolescente con exceso de sentimientos, llorando en un Uber, perdiendo el control en una reunión. Y me vi escondiéndolo todo tras un “estoy bien” que nadie se molestaba en cuestionar.
“La mente es una ciudad con cortes de luz intermitentes. Y a veces se incendia sin razón aparente.”
Hoy entiendo que no existe una estabilidad mental permanente. Solo hay momentos. Días en los que todo encaja y otros en los que quieres romper el mundo. Y eso está bien. Lo que no está bien es fingir que todo debe ser lineal, perfecto, estable.
Dinero, rutina y la trampa del “algún día”
La estabilidad económica es el mantra más repetido de nuestra generación. Ahorrar, invertir, tener un fondo de emergencia, no gastar en estupideces, comprarse algo que se revalorice. “Piensa en el futuro”, te dicen. Pero ¿y si el presente es una mierda?
Trabajé años persiguiendo ese objetivo: libertad financiera, independencia, seguridad. Me metí en cripto, en acciones, en cursos online de productividad, en plataformas como Udemy para “aprender nuevas habilidades monetizables”. Me convertí en un tipo que leía sobre ETFs mientras comía fideos fríos.
Y sin embargo, cada vez que el alquiler subía, cada vez que una factura inesperada llegaba, cada vez que un amigo hablaba de su inversión inmobiliaria, me sentía más pobre, más inútil, más lejos del famoso “logro económico”. ¿Por qué? Porque la estabilidad financiera no es tener plata. Es tener paz. Y nadie te dice que la paz no se compra, ni con criptos ni con MBA.
Hoy, mientras escribo esto, tengo algo de dinero en el banco. Tengo una computadora buena, una silla decente, un techo. Pero no tengo seguridad. Porque sé que todo puede cambiar mañana. Un correo, una enfermedad, una llamada. Y no lo digo con miedo. Lo digo con una certeza que aprendí a los golpes: la vida no es estable. Y está bien que no lo sea.
Nos pasamos la vida esperando el momento perfecto: cuando tenga más plata, cuando esté más tranquilo, cuando el trabajo afloje, cuando me cure, cuando me enamore. Pero ese “cuando” no llega. Y mientras tanto, vivimos en pausa, en simulacro, en piloto automático.
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¿Entonces qué carajo es la estabilidad?
Si llegaste hasta acá esperando que te dé una respuesta, no la tengo. Nadie la tiene. La estabilidad es un mito útil para sobrevivir en un mundo que no entiende de matices. Es un cuento que nos ayuda a no volvernos locos. Pero la verdadera paz viene de entender que nada está garantizado, que todo cambia, que el amor se transforma, que el cuerpo envejece, que el trabajo no te pertenece, que el dinero se esfuma.
Y cuando aceptás eso, algo se libera. Dejás de correr, de forzar, de pelear contra la marea. Y empezás a surfearla, con miedo, con fallas, con todo el caos que trae estar vivo.
Tal vez la verdadera estabilidad no sea tener todo bajo control, sino hacer las paces con el descontrol. Saber que estás en constante caída libre, pero aprendiste a disfrutar del viento.
“Porque al final, la vida no te pide que la domines. Solo te pide que no le tengas miedo.”

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