Lo que no se compra, se simula
No me acuerdo exactamente cuándo dejé de buscar sexo en la vida real. Tal vez fue en la pandemia, cuando todos nos encerramos a mirar cuerpos ajenos por necesidad. O tal vez antes, mucho antes, cuando descubrí que por menos de lo que me cuesta una cerveza, podía tener el fetiche a la carta en mi celular. OnlyFans fue el inicio de la pendiente. Primero una suscripción, luego otra. Luego los “contenidos personalizados”, los saludos, los videos con mi nombre. Las chicas me decían cosas como “solo tú me haces sentir así”, y yo, que me burlaba de los románticos, terminaba creyendo que, al menos un poco, era verdad.
No era idiota. Sabía que pagaba por la fantasía. Pero había algo adictivo en eso de ser elegido, incluso si era con tarjeta de crédito. Una mujer, real o no, llamándome por mi nombre, mirándome desde su cama, diciéndome que había soñado conmigo.
La vida afuera, la de verdad, se volvió ruido de fondo. Las apps de citas eran una ruleta rusa emocional: citas decepcionantes, expectativas rotas, silencios incómodos. Pero en este mundo digital, todo estaba controlado. Todo era limpio, brillante, calibrado para excitar. Sin fricción. Sin riesgo.
Hasta que me di cuenta de algo: ya no recordaba cómo se sentía tocar a alguien con las manos.
Cuando el deseo se vuelve algoritmo
Todo empezó como una solución temporal. Estaba cansado, solo, emocionalmente drenado. “Un ratito”, me dije. Como quien entra a ver memes y termina comprando una linterna táctica china. Pero el deseo digital no es neutro, es un mercado que te disecciona, te segmenta, te empuja. Lo que comenzó con modelos que subían fotos sensuales, pronto se convirtió en sesiones de dominación, videos de humillación, fetiches cada vez más específicos. Y todo con una facilidad aterradora.
Un botón, una propina, un mensaje. Ya no hacía falta seducir, no hacía falta esperar. La máquina me servía exactamente lo que yo quería, cuando lo quería.
Y entonces vino el feed de IA. Modelos que no existen, creadas por inteligencia artificial, capaces de responder tus mensajes como si fueran reales, con cuerpos perfectos, piel sin defectos, pupilas que no tiemblan ni cuando gimen. Me descubrí masturbándome con una mujer que nunca ha respirado.
Y ahí, algo se rompió.
No solo porque me di cuenta de que podía excitarme con una mentira tan perfecta. Sino porque, de alguna manera, lo prefería. Sin juicios. Sin inseguridad. Sin sentirme insuficiente. Pero también, sin alma.
La web está llena de ellas. Chatbots eróticos que recuerdan tus fantasías, novias digitales entrenadas para amarte en loop, sin esperar nada a cambio. Deepfakes de actrices, celebridades, exnovias. El placer se volvió una simulación total. Y yo me volví cómplice.
Y no estoy solo. Según un estudio de 2024 del MIT, el 35% de los hombres entre 18 y 35 años prefieren contenido erótico generado por IA antes que pornografía tradicional. Y más del 20% ha consumido deepfakes sin saber si la persona era real o no.
Estamos follando fantasmas y lo llamamos avance tecnológico.
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La soledad disfrazada de suscripción
No me enamoré de ninguna modelo. Me enamoré de la idea de ser visto. De sentir que había alguien, aunque fuera una cara frente a una webcam en Bucarest, que fingía desearme. Esa validación disfrazada de placer. Y sí, lo pagué caro. No solo con dinero, sino con tiempo, con salud mental, con la capacidad de conectar con gente real.
Empecé a evitar los bares. Las primeras citas. Las conversaciones. Todo me parecía lento, incómodo, impredecible. Porque cuando pasas años en el algoritmo del placer inmediato, el mundo real te parece defectuoso. No responde como tú quieres. No hay control-Z. No hay “mándame otra”. Hay miradas que duelen. Hay rechazos que no puedes silenciar.
Mi cama se convirtió en una cápsula de dopamina. Luz apagada. Celular en mano. Pago. Orgasmo. Olvido. Y vuelta a empezar.
Pero entre cada sesión, entre cada video, una grieta se agrandaba. Me preguntaba por qué estaba tan jodidamente vacío. Por qué, si tenía acceso a tanto, sentía tan poco. Por qué, si me “hablaban” tantas, no podía hablar con nadie.
Y la respuesta era tan simple como cruel: porque nada de esto era real. Ni ellas. Ni yo.

Lo que la pantalla no puede darte
Una noche, después de una sesión de dos horas con una modelo que imitaba a una actriz de los 90, me quedé en la cama mirando el techo. No tenía hambre. No tenía sueño. Me sentía como si hubiera tragado algo que no podía digerir.
¿Esto es todo?, pensé.
¿Mi sexualidad se redujo a transacciones de tarjetas y orgasmos que no dejan huella?
Al día siguiente cerré las suscripciones. Borré las cuentas. Duré cinco días. Luego volví, claro. Esto no es porno. Es una droga social. Y está diseñada para que no te vayas nunca.
El problema no es OnlyFans. No son los deepfakes. No es la IA. El problema es que hemos convertido el placer en un archivo ZIP. Hemos dejado que la tecnología rellene los huecos donde deberíamos construir vínculos.
Y no sé si se puede volver atrás. No sé si podremos volver a mirar a alguien a los ojos sin pensar cuánto costaría tener su versión digital. No sé si puedo volver a excitarme con el roce de una mano en el metro, con una risa torpe, con un beso que no está filtrado por un algoritmo.
Lo que sí sé es que estamos creando una generación que ya no distingue entre deseo y consumo. Entre conexión y suscripción. Entre amar y descargar.
Y eso, hermano, no se arregla con más porno ni con menos culpa.

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